Capítulo 3 – La biblioteca

5 de octubre de 2007,

Estimado diario,

Ya ha pasado una semana desde que llegué. Todo va sobre ruedas. Estoy muy contenta de estar aquí. Bueno, reconozco que en cuanto pueda me buscaré otro piso. No soporto a Rachel. No para de comer durante todo el día y sus aburridas conversaciones me sacan de quicio. No para de contarme lo mucho que le gustaría vivir en España. Suerte que paso el día fuera de casa combinando estudios y ejercicio por el parque. Solo voy a casa para cenar, escribir este diario y dormir.

Hoy he ido a la biblioteca con Laurel. En muy poco tiempo nos hemos hecho muy amigas. Me ha contado que le encanta la natación y que ha ganado varios campeonatos. La verdad es que tiene un cuerpazo típico de nadadora: estilizado y una postura perfecta, lo que le hace muy atractiva. Le he contado que me gusta correr y ha aplaudido mi delgadez. Me encanta esta chica, aunque me gustaría estar aún más delgada.

En la biblioteca me ha presentado a dos amigas suyas: Jennifer y Sara, ambas estudiantes de Filología Inglesa, como nosotras. Una rubia y la otra morena, preciosas las dos, con atuendos casi tan elegantes como los de Laurel.

Jennifer era bailarina de ballet. Había comenzado no hacia mucho, pues sus padres le decían que debía centrarse en los estudios y no en tonterías. Una vez en la universidad e independiente, se apuntó a clases de ballet.

Por otro lado, Sara era una cabra loca. Iba con asiduidad al gimnasio, para entrenar con un único propósito: estar físicamente preparada para los deportes extremos. Cada vez que podía, saltaba desde un puente o se lanzaba en parapente. También solía hacer escalada si el tiempo lo permitía.

Les expliqué que yo era corredora. Siempre que podía salía a correr por montaña o participaba en alguna carrera. Cuando les dije que mi objetivo era participar en una media maratón por la montaña, Jennifer y Laurel me tomaron por loca. Excepto Sara, quien prometió ayudarme a entrenar.

—Este sábado hay una fiesta de inicio de semestre en la residencia donde vivo — dijo Laurel. — ¿Os apuntáis chicas?

—¡Claro que sí! — exclamó Jennifer dando palmadas.

—Genial. Me encantará ir — dije.

—De acuerdo chicas. Os espero a las ocho. No tardéis. Tengo una sorpresita para vosotras.

—¿Qué es? ¿Qué es? — insistí.

— Lo siento. No lo sabréis hasta el sábado.

La maldita nos dejó con la intriga. Qué rabia me daba.

Tras un par de horas, las chicas se marcharon de allí y me quedé sola en la biblioteca. Quería aprovechar para buscar un libro que necesitaba para estudiar. Tomé una escalera y busqué en la sección donde la bibliotecaria me indicó que se encontraba. Al poner un pie en el primer peldaño, reparé en que la escalera cogeaba un poco. Aun así subí para alcanzar el libro que necesitaba. Sin embargo, la escalera se movió a un lado, provocando que estuviese a punto de caerme. Gracias a mis rápidos reflejos, mis manos pudieron agarrarse a la estantería. Por desgracia, en vez de sujetarme, me caí al suelo tirando un montón de libros, aterrizando encima de mí.

En mis manos cayó un libro antiguo lleno de polvo. Lo sacudí y miré incrédula el título: La Bella y la Bestia. Lo que me faltaba, recordar películas de mi infancia.

—¿Estás bien? — dijo una voz masculina. Vi una mano que me ayudó a levantarme.

—Eso creo… — contesté tomando la mano.

Me hice mucho daño, pero nada importante, salvo cuando me levanté y vi que fue John quien me ayudó. Retiré mi mano de inmediato del asco. Él se percató y me miró perplejo. Se agachó y recogió el libro.

—Creo que deberías leerte este libro. ¿Sabes de qué trata?

—¿De zoofilia? — contesté con sarcasmo.

—Trata de que la belleza está en el interior.

—Creo que ya tienes una edad para ver películas de Disney, ¿no crees?

—La película está basada en este cuento francés de Jeanne-Marie Leprince de Beaumont de 1756. Aunque él no es el autor original, su obra es una versión de la primera, si no me equivoco, de Gabrielle-Suzane Barbot de Villeneuve. Se le ha dado muchas interpretaciones. Una de ellas es la que conocemos de la película infantil: la belleza está en el interior.

—John, no me importa, ¿vale?

—Pues debería. No todo lo que es bonito es bueno, ni todo lo que es feo es malo.

—Mejor lo dejamos aquí. Adiós.

Me marché dejando a John el deber de recoger todos los libros del suelo. ¿Quién era él para decirme cómo debía pensar?

Salí sin el trabajo hecho y hecha una furia. Necesitaba alegrarme un poco, así que me fui a la tienda a comprar un vestido tan bonito como el de mis nuevas amigas.

Páginas rotas – Carta en un cubo de la basura

Estimados lectores,

Cosas raras están pasando. Mientras continúo con la siguiente novela, me estoy encontrando con cartas escritas, documentos, historias que narran hechos o sentimientos. Lamentablemente no sé quién los escribió. Solo sé que pertenecen al mundo de Encadenado, la novela que inició todo un proyecto literario por mi parte. ¿O ocurrieron cosas con anterioridad? No tengo respuesta para ello. Solo sé que estas páginas, parecen no aportar nada, pero a alguien pertenecen. Estoy seguro de que algún día responderán preguntas de las historias que irán llegando. Aquí os la dejo.

Trozo de diario recogido en un contenedor de basura en la Ciutadella, Barcelona

28 de febrero de 2016

Ha sido duro, pero por fin lo hemos conseguido. Todas las lecciones aprendidas en el pasado están dando su fruto. Eso no quiere decir que las quiera recordar. Solo aprender de ellas.

Él no sabe nada acerca de este diario. Sé que dicen que el amor es compartir tus secretos más íntimos con las personas que amas. Este no es mi caso. Pese a que lo amo con locura, todavía no confío del todo en él. Aún debe tomar una decisión sobre su vida. ¿O debería tomarla yo? No lo sé. Solo sé que le quiero y me debo armar de paciencia. La luz que irradía su interior es única. Además, no es momento de pensar en ello. Hay cosas más importantes de las que preocuparse en este momento.

Hace unas semanas conocimos a una chica. De apariencia alegre, fuerte e independiente. Enseguida me di cuenta de su alma rota. Él también tenía el alma rota, pero no como ella.

La chica, de cabellos cubiertos por finos hilos de oro y unos ojos como el zafiro, irradiaba una frialdad de la misma intensidad que el brillo azul de su mirada. Su corazón era puro, de eso no me cabe la menor duda, pero también roto en mil pedazos. Cada trocito se unía al otro por grandes dosis de maldad: ira, miedo, violencia… pero de lo que más había era venganza.

Le advertimos. Le dijimos que lo que hacía era peligroso. Cegada por su afán de hacer justicia con los métodos más salvajes, había despertado en la ciudad un gran rencor hacía su persona. Quise hablar con ella, pero no escuchaba. Sólo quería luchar y derramar sangre de cerdo con sus letras.

No obstante, cada día que pasaba, me daba cuenta de la realidad del asunto.  Por las noches era cada vez más habitual escuchar las sirenas de la policía, ambulancias y gritos pidiendo auxilio. Sí, los diarios cubrían sus portadas con fútbol y espectáculo: provocaciones de Gerard Piqué, la apoteosis de Messi, o las ansias de Cristiano Ronaldo por por obtener el balón de oro. Ya lo decían los romanos: panem et circenses. Dale al pueblo pan y circo para tenerlo controlado, aunque en España con solo dar circo ya era suficiente para distraer a la población. Nadie salía a protestar en las calles por el hambre, pero sí cuando ganaba su equipo favorito.

En cambio, la chica rubia, gracias a ese fuego descontrolado que causa su odio tanto hacia las fuerzas de la ley, como aquellos que se aprovechaban del sistema, despertaba poco a poco a la gente del mal que los medios ocultaban pero que se propagaba como el fuego. Barcelona, la ciudad a la que decidí viajar y vivir en cuanto las cosas se torcieron, se estaba muriendo. Poco a poco se descomponía, dejando paso a la inseguridad y al miedo.

¿Debería huir? De nada serviría. Ya lo hice años atrás en Cambridge y sé que tanto lo bueno como lo malo es solo temporal. Tarde o temprano deberé enfrentarme de nuevo a los problemas. Además, el resto de España no está mucho mejor que Barcelona que digamos.

Sólo nos queda luchar junto con la chica contra las bandas criminales que habían surgido.

Y contra todas las amenazas que surgirán.

Bailando con el tacón roto

Me encontraba en la escuela de baile junto con mi compañera, Leticia, ensayando nuestra actuación por enésima vez. No éramos pareja. De hecho, cada uno tenía su vida fuera de la escuela. No obstante, cuando bailábamos juntos, tal era nuestra conexión que éramos un solo ente. Nos comunicábamos a la perfección, a través de los ojos, de las manos, del movimiento de nuestros cuerpos al ritmo de la salsa. No hacían falta palabras para saber qué pensábamos en todo momento.

– Está bien por hoy – dijo nuestra profesora, Amanda, como siempre, satisfecha por nuestra actuación. – Ir a daros una ducha y luego venís a verme. Quiero hablar con vosotros.

¿De qué querría hablar? La duda pesaba sobre mi cabeza. Espero que sean buenas noticias al menos.

A los quince minutos, un vez duchados y vestidos de calle, fuimos a ver a la profesora para recibir las noticias.

– Leticia y Daniel, como ya sabéis, considero que sois los mejores bailarines de esta escuela. Por eso, tengo una buena noticia para vosotros. ¡Vais a participar en un concurso de la tele!

– ¡Eso suena genial! – exclamó Leticia mientras daba saltos de alegría -. ¿No crees Dani?

Me quedé helado. No sabía cómo reaccionar. Si bien me hacía mucha ilusión avanzar en mi carrera como bailarín profesional de salsa en línea, actuar por delante de millones de personas me daba un pánico terrible.

– Bueno… No sé qué decir… – respondí tímidamente.

-¿No te alegras? ¿Cuál es el problema? – preguntó Amanda.

-Sí que me alegro. Lo que pasa es que tengo miedo escénico.

-No te preocupes. Lo tenemos todo muy bien ensayado. ¡Seguro que triunfamos! – dijo Leticia intentando animarme.

-Tú piénsalo – continuó Amanda -. Me dices algo esta semana. ¿De acuerdo?

-De acuerdo.

Marché a casa. El corazón me latía a mil por hora. Era una excelente oportunidad para impulsar mi carrera, pero, ¿y si fracasaba? También sería el fin.

Llegué a mi hogar sobre las nueve de la noche. Al entrar por la puerta, vinieron a recibirme mi hijita pequeña y mi mujer. Le di un beso a las mujeres de mi vida, fui al lavadero a dejar la ropa sucia del ensayo del día. Entonces, fui con mi mujer a la cocina a preparar la cena. A los dos nos gustaba cocinar juntos, ya que así, aprovechábamos para estar juntos después de un largo día lleno de responsabilidades. Mientras puse el pollo con verduras a calentar en el horno, le expliqué lo del concurso.

-Eso suena genial cariño. ¿Vas a participar?

-No lo sé. Me encantaría, pero me da un pánico terrible. ¿Y si lo hago mal y se ríen de mí?

-Si piensas así, no te saldrá bien.

-Entonces, ¿que debería hacer?

-Cariño – dijo mi mujer mientras me abrazaba por la cintura, dándome un beso en los labios -. Para conseguir nuestros sueños, tenemos que pasar por situaciones que no nos gustan nada. Podemos fracasar, sí, pero también podemos ganar y triunfar. En cambio, si no lo intentas, siempre habrás fracasado.

-Siempre sabes que decir. No sabes bien lo agradecido que estoy de haberme casado contigo.

-Porque tengo un marido que todo lo merece.

Cenamos tranquilamente y le expliqué a mi hija que iba a salir en la tele. Ella se puso contentísima de la emoción. Me llenaba el alma ver cómo mi hija me admiraba. En cuanto la lleve a la cama para que se durmiera, fui a enviarle un mensaje a Amanda, aceptándole el desafío.

Tras algunas semanas de ensayo intensivo, llegó el día del concurso. Estábamos en los bastidores Leticia y yo, ya vestidos con nuestras mejores galas. Estábamos repasando los últimos detalles de nuestro baile.

-Ya sabes Daniel. Empezamos a bailar, y cuando la canción cambie a un ritmo más rápido, me haces un setenta, luego una aspirina, seguimos con el resto de movimientos,  y acabamos la figura con un crossbody. ¿Alguna duda?

-No. Todo claro – suspiré.

-Respira hondo. Verás como todo va a salir bien.

Al cabo de un rato, vino un chico a avisarnos de que nos tocaba salir en dos actuaciones. Acabé de arreglarme el traje que llevaba, y Leticia se repasó los labios. Nos miramos en el espejo. Estábamos increíbles. Antes de salir, nos hicimos una foto y se la pasamos a nuestras parejas. Ambos teníamos suerte de tener a alguien que nos apoyaba en esto.

Esperamos detrás del escenario. Inspiré y espiré lenta y profundamente con el fin de relajarme. Tenía mucha ilusión de salir a actuar, pero también estaba nervioso perdido. Después de todo, solo sería un pequeño mal trago. ¿No?

En cuanto acabó la pareja que entró antes que nosotros, quienes bailaron un fabuloso tango, entramos cuando ellos abandonaron el escenario. El público nos recibió con un  fuerte aplauso una vez el presentador dijo en voz alta nuestros nombres.

La sensación parecía fabulosa al principio. Estábamos en el centro del escenario, los focos iluminando nuestras caras. Ahora éramos el centro de atención de todo el mundo. ¿Dónde estaba la gente? Las piernas me empezaron a temblar cuando me di cuenta de que solo podía ver al jurado, que estaba compuesto por dos hombres y una mujer famosos. La intensa iluminación no me permitía ver las caras del público. Por una parte me aliviaba, pues así no me distraería. Por otra, me preocupaba no saber cómo estaba reaccionando.

-Así que vosotros sois Leticia y Daniel. ¿De dónde sois? – preguntó la chica con voz simpática. Los otros dos miembros del jurado no parecían muy interesados. Uno nos miraba fijamente con cara de malas pulgas, y el otro, estaba jugando al móvil sin prestar atención.

-Somos de Barcelona capital – contestó Leticia por mí.

-¿Qué nos vais a bailar?

-Una salsa.

-De acuerdo. Adelante y mucha suerte.

Leticia me miró con una sonrisa, intentando aliviar mis nervios. Seguro que ha notado que mi mano no paraba de sudar.

Empezó a sonar la música y empezamos a bailar. Los primeros segundos fueron sobre ruedas. Nos acordábamos de los pasos, las figuras, y fuimos marcando el ritmo a la perfección. En un segundo observé al jurado. Seguían exactamente igual que cuando empezamos. La única que nos observaba era la mujer, que parecía entretenida con nuestra actuación.

Al cabo de un minuto más o menos, el ritmo de la canción cambió, provocando que nos tuviéramos que mover más rápido. Era el momento de los giros y las figuras más complicadas, pero también las más espectaculares.

Estaba disfrutando del momento. Tantas ansias y tanto miedo, y luego no era todo tan malo. A través de las manos, sentía una conexión con mi compañera muy especial. Yo la conducía y ella me seguía. Éramos dos en uno.

De repente, al hacerle un giro a Leticia, no me aparté lo suficiente para que pudiera caminar en línea recta y se tropezó, provocando que se le rompiera el tacón y casi se cayese al suelo. ¡Mierda! ¡Ahora que todo iba bien! Pude escuchar la reacción del público, a la expectativa de cómo seguiríamos. No ver la expresión de sus caras me aterrorizaba aún más.

En ese momento, pudimos también captar la atención de los otros dos miembros del jurado. El que jugaba con el móvil levantó su cabeza, y el que tenía cara de malas pulgas mostró una maléfica sonrisa. La mujer se llevó las manos a la boca y abrió los ojos como platos.

Leticia y yo nos miramos. ¿Qué teníamos que hacer? ¿Abandonar? Íbamos a hacer el ridículo más grande de nuestras vidas. Sin embargo, mi compañera no perdió su sonrisa. Me guiñó el ojo, me tiró ligeramente del brazo para indicarme hacia donde tenía que llevarla, como habíamos planeado en otros ensayos en caso de que me quedase en blanco. ¿Qué estaba tramando?

A continuación, giré a mi compañera hacia el otro lado. En el transcurso del giro, me soltó, levantó las piernas con gracia, como si fuera a dar una patada al aire, y lanzó sus zapatos de baile por los aires, quedándose totalmente descalza. Aprovechó para girar sobre sí misma mientras se peinaba con ambas manos sensualmente, estirando el brazo hacia arriba en una elegante pose. ¡No me lo podía creer!

Al ver que mi compañera no perdía el ritmo, le ofrecí mi mano para seguir bailando juntos, aunque ella lo hiciera de puntillas.

Tras un minuto y medio, la canción acabó, y los dos acabamos en nuestra pose, arqueando el cuerpo hacia delante para dar por finalizado el baile.

Solo había silencio. No sabría decir si fue porque lo hicimos bien o porque lo hicimos mal.

-Es hora de que decidamos si pasáis a la final – dijo la mujer. – Cada uno de nosotros os explicará nuestras sensaciones, y votará para que paséis o no. Al final, el público votará desde su asiento, y si la mayoría está satisfecho, ese voto contará como uno de los nuestros. ¿Entendido?

-Entendido – contestamos a la par.

-Empiezo yo – dijo el que estaba jugando al móvil. – A mi vuestro baile, sinceramente, no me ha interesado. Encuentro que vuestro baile es insípido y con falta de emoción. Tenéis un no – tras sus dolorosas palabras, volvió a su único interés.

-Pues a mí – continuó la mujer – me ha encantado. He visto una conexión entre vosotros que no había visto jamás. ¿Cuánto tiempo lleváis juntos como pareja?

-Llevamos seis años ensayando juntos – contesté.

-¿Y cómo novios?

-No somos novios. Somos amigos desde la infancia. De hecho, cada uno tiene su pareja a parte.

-¡Guau! ¡Impresionante! La verdad es que pensaba que lo eráis. Parecíais muy unidos. Además, habéis seguido bailando pese a que se le ha roto el tacón. A mí me habéis llegado al corazón. Tenéis un sí.

-Gracias – asentimos los dos.

-Pues, que queréis que os diga – dijo el tercer miembro -. Vuestro baile me ha parecido poco profesional. Por suerte, me he podido reír cuando se le ha roto el zapato. Me gustaría veros otra vez por aquí, a ver si hay suerte y uno de los dos se cae al suelo y me parto la caja.

Leticia y yo nos quedamos en shock. ¿Cómo le permitían decirnos esas palabras tan ofensivas? Seguro que era marketing puro de televisión, o algo así, para darle más morbo al programa. Sin embargo, nos estaba dejando en ridículo. Mi compañera me apretó la mano muy fuerte para calmarme.

-Bien -continuó la mujer-. Tenéis dos votos a favor y uno en contra. Sin embargo, el público decidirá si pasáis o no. Si votan que sí, tendréis tres votos a favor y pasaréis a la final. Si vota que no, tendréis un empate, pero eso significará que deberéis volver a casa. ¿Entendido?

-Entendido.

-Bien. Ahora cuando se abran las votaciones, el público tendrá cinco segundos para votar. Os recomiendo que hagáis algo para que lo convenzáis de que sois merecedores de su voto.

Al cabo de unos segundos, se encendió un panel luminoso que contaba diez segundos antes de permitir que el público votase. Leticia me cogió aún más fuerte. Ella también se había puesto nerviosa, pero se mantenía firme, mostrando su sonrisa. No es que en la salsa se pudiera hacer tanto eso, pero a ella le otorgaba una belleza espectacular.

Quedaban tres segundos… Y solo podía hacer una cosa.

Me erguí como mi compañera, y sonreí como no había hecho en toda la noche por culpa de los nervios. Lo hice de la manera más natural posible.

Se abrieron las votaciones.

Un panel, que parecía como el del Congreso de los Diputados, mostraba la gente que votaba en verde o en rojo. Poco a poco se iban marcando en uno o en otro. Más o menos iban a la par, haciendo que fuera difícil  predecir el resultado final.

Sin embargo, pese al éxtasis del momento, Leticia y yo nos mantuvimos firmes, mirando al público, sin derrumbarnos.

Un segundo…

En el último momento, cuando todo iba a la par, el último votante decidió decantarse por el color verde, dándonos la victoria a mi compañera y a mí.

-¡Habéis pasado a la final! – exclamó la mujer, mientras Leticia me abrazaba con fuerza, dándome un beso en la mejilla -. La cosa ha ido bastante igualada hasta el final, pero al final un voto ha decidido el resultado. ¿Podría ir el presentador a preguntar a la persona que ha decidido quién iba a ganar?

En unos segundos, el presentador se puso al lado de un señor de unos cincuenta años.

– Buenas noches. Usted ha sido el último en votar y ha decidido que iban a ganar ellos dos. ¿Qué lo ha impulsado a su elección?

-Verá – dijo el hombre con una voz ronca.- Al principio tenía mis dudas, porque no entiendo mucho de baile. Sin embargo, cuando se le ha roto el tacón, los dos han seguido hasta el final, les han lanzado duras críticas, pero ellos se han mostrado firmes y sonrientes. ¡Realmente han disfrutado haciéndolo y sin abandonar! Creo que nos han dado una lección a todos. Tengo cincuenta años y siempre he abandonado a la mínima dificultad. Hoy, tras verlos, me he dado cuenta de las cosas que me he perdido en la vida por rendirme sin haberlo intentado antes varias veces.

Tras las palabras del señor, todo el mundo nos lanzó un fuerte aplauso. Gracias a mi compañera, yo también aprendí que, pese a los nervios, los miedos, y las sorpresas desagradables, no debían ser excusa suficiente para tirar la toalla así por las buenas.

Siempre teníamos que seguir bailando, pese a tener el tacón roto.

Al acabar, nos vinieron a recoger nuestras parejas y nos fuimos a cenar juntos, con mi hija y el hijo de Leticia. Pasamos el resto de la noche entre risas.

 

Cuando lo que nos gusta se convierte en obligación

En esta entrada explicaré una pequeña historia basada en lo que me pasó hace pocos días. Os contaré la lección que me he propuesto aprender.

El jueves me desperté con el peso del mundo en mis hombros. No tenía ganas de nada. Sólo de permanecer en la cama durante todo el día. Hasta ir al lavabo me daba pereza.

Además de la tristeza de los acontecimientos ocurridos durante la semana anterior, sentía que debía seguir luchando como siempre digo que hay que hacer. Eso prometí hacer el día que salí de la misa de mi abuelo y lo iba a cumplir.

Sentía que debía entrenar, que un luchador debería levantarse de la cama, desayunar, ponerme las mallas, una camiseta, y salir a correr por la montaña. No me apetecía para nada, pero me obligué a hacerlo, pues tengo en mente correr una media maratón de aquí a varias semanas, pese a que no tenía decidida todavía una fecha. La cuestión era salir a correr sí o sí.

Salí a la calle. Hacía fresco. Me dieron ganas de volver a casa y tirarme al sofá. Sin embargo, en vez de volver a mi zona de confort, empecé a correr a un ritmo tranquilo para calentar mientras me dirigía a la montaña.

Al principio todo iba bien mientras iba en plano. Seguía con ganas de volver, pero era soportable. Las cosas empezaron a ponerse en mi contra en cuanto subí la primera cuesta.

Empecé a marearme. Al principio lo atribuí a todo el estrés y la tensión que llevaba acumulada en mi cuerpo, así que caminé un poco hasta que me recuperé y reanudé la marcha.

Al rato, me volví a marear un poco y volví a hacer lo mismo. “¿Qué me está pasando”, pensé. Para mí no era normal, pues he llegado a hacer medias de montaña y no he pasado por estos ratos tan malos. Quizás si corría un rato más se me irían las malas sensaciones.

Cuando llegaba media hora, me encontré con una cuesta aún más difícil. No di ni dos pasos que volví a marearme, a perder el sentido. Quise rendirme y volver atrás, pero como soy así de testarudo, subí la cuesta andando, pues siempre creo que en la vida nunca hay que rendirse y hay que llegar a la meta costase lo que costase.

A los diez minutos alcancé mi objetivo ese día, disfruté de una hermosa vista y volví a casa.

En la vuelta, lo que fue bajada se convirtió en subida. Para mí sorpresa, una pequeña cuesta también provocaba que me marease. Me empecé a asustar seriamente. ¿Y si había desayunado mal? ¿Me estaba enfermando? O peor aún, ¿tenía algo en mi corazón? Por suerte cuatro meses atrás hice una prueba de esfuerzo y me dijeron que estaba bien. También había desayunado lo mismo que todos los días. ¿Qué me pasaba?

Al final concluí que lo que me pasaba era mental. ¿El qué? No lo sabía.

En un momento dado, en medio de todo ese mar de pensamientos negativos y comidas de cabeza, empecé otra vez a correr tranquilamente. A mi ritmo. Decidí no meterme presión ninguna, no vaya a ser que me dé algo allí en medio.

Al cabo de un rato, mi mente empezó a pensar, pero en otras cosas. Me vinieron nuevas ideas a la cabeza sobre mi futuro libro, proyectos, ilusiones. Dejé que los pensamientos fluyesen en lo positivo y me perdí nuevamente en un mar de pensamientos, pero ahora de otro tipo.

Para mi sorpresa, en cuanto volví a la realidad, me di cuenta de que estaba subiendo una cuesta, pero sin marearme o pasarlo mal. No entendía nada. No obstante, seguí corriendo los veinte minutos siguientes hasta casa, subiendo y bajando, entrando en la ciudad, dejando atrás la montaña y subiendo las escaleras que hay para acabar el entrenamiento con buen sabor de boca.

Todo había ido bien. ¿Qué había cambiado?

Estiré en un tiempo inferior al recomendado por los profesionales de salud y subí a mi casa a pegarme una buena ducha. A continuación, me comí un bocadillo de atún. Un pequeño placer de la vida.

Mientras saboreaba el atún con tomate, metido en medio de pan de cereales, me di cuenta de lo que había ocurrido. Dejé de marearme en cuanto dejé de forzarme a correr y a disfrutar de ello.

Me di cuenta de que el motivo por el que me agobiaba era porque salí a correr por obligación. No tuve en cuenta que ese deporte lo hacía por diversión, no porque tenía que hacerlo. En cuanto dejé de presionarme por ir a más, y a disfrutar del paisaje, del aire, y todo lo que conlleva el running, fue cuando empecé a funcionar otra vez como persona.

Desde ese día, decidí que iba a aprender a hacer las cosas por pasión, más que por obligación, porque solo de esta manera, podemos dar lo mejor de nosotros mismos.

¿Cuántas veces nos ha pasado que hemos ido al trabajo un lunes por la mañana con caras largas, y luego nos han encomendando una tarea que nos motivaba? En esos momentos olvidábamos el sueldo y luchábamos hasta zanjar el tema, sintiéndonos satisfechos.

¿O no te has bloqueado haciendo alguna vez tu hobby cuando este se ha convertido en una obligación? Seguro que si eres escritor, has perdido la inspiración cuando debías acabar ese capítulo, o cuando no sabías qué dibujar porque debías acabar un cuadro porque sí.

A veces, nos olvidamos completamente la razón por la que luchamos. Entonces, ahí comenzamos a fallar, a ser infelices. Cuando esto nos ocurra, hay que pensar qué es lo que nos impulsó a comenzar esa batalla, o actividad, según el punto de vista…

Me he propuesto, que cada vez que empiece a sentirme agobiado, que cada vez que pierda la inspiración, pararme, respirar hondo, y pensar por qué estoy haciendo lo que hago.

Dejé de marearme en cuanto recordé que salía a correr, no para adelgazar o por moda, sino porque me sentía libre cuando lo hacía.

 

 

 

 

El Camino del Guerrero

Este fin de semana he recibido un golpe duro, pues he perdido a mi abuelo.

Así es la vida. Los golpes se reciben cuando uno menos lo espera.

No podría negar que la tristeza se ha apoderado de mi corazón, pues sería una gran mentira. Sin embargo, no puedo dejar que esta marque mi camino a partir de ahora, sino que me inspire a seguir adelante, con todos mis proyectos, con todos mis sueños.

Si bien en un post anterior he hablado de la importancia que tiene renacer de las cenizas, como el Ave Fénix nos inspira, esa idea no es suficiente para tener una vida plena. Hace falta algo más.

Cuando hablo del Camino del Guerrero, no me refiero a salir a un monte, colgarse una gran roca en la espalda, y subir una montaña donde realizar después la pose de la grulla, para después darle una patada en el culo a los demás. No en el sentido literal, sino en uno figurado.

Para mí, seguir este camino significa que muchas veces tenemos que llevar cargas encima, atravesar duros tramos por nuestra vida, y luchar incansablemente. Sí, la verdad es que mi pérdida ahora mismo ha sido provocada más por la vejez que por una desgracia. Él tuvo la alegría de conocer a su biznieto.

Sin embargo, tarde o temprano, nos encontramos con estas dificultades, tanto internas como externas, que se convierten en obstáculos para avanzar. Las que son más preocupantes son las internas, nuestros conflictos internos, nuestros demonios son los que realmente nos impiden avanzar adelante.

Para ello, solo tenemos que hacer una cosa: cambiar de actitud y mirar de frente a lo que nos acecha, a lo que impide que alcancemos nuestros sueños. Puede ser una ruptura, perder el trabajo, o a alguien. Sufrir está bien. Es normal. No somos seres de piedra. Sin embargo, hay un momento en el que uno debe resurgir de sus cenizas.

Podemos culpar a nuestras circunstancias, a los demás, pero al final quien decide si seguir adelante somos nosotros. Somos responsables de nuestro destino. Es muy fácil decir que hay que renacer, coger nuestras mejores armas (habilidades, no las de verdad), y seguir afrontando lo que nos espera.

¿Te ha dejado tu pareja? Es duro. Llora si lo necesitas, pero un día deberás levantarte, sacar tu mejor sonrisa y encontrar a alguien que realmente vea el valor que tienes.

¿Te han despedido? Es duro también, sobre todo si tienes hijos e hipoteca. ¿Qué vas a hacer? ¿Te vas a dejar consumir en la depresión o te pasarás al alcoholismo como le pasan a algunos? ¿O puedes revisar qué has aprendido en tu último trabajo, incorporarlo en tu CV y presumir de ello en tu futura entrevista de trabajo para hacer que te deseen en su plantilla?

Esa es la actitud correcta. Levantarse como un Ave Fénix y seguir luchando como un guerrero. Cómo lo hagas o no, depende de ti. Solo te aseguro una cosa: si lo intentas mil veces, lo acabarás logrando por muy difícil que sea.

En mi libro, Encadenado, se aborda este tema completamente, porque pienso, y siento, que te puede inspirar a lograr tus sueños.