¿Hablamos de verdades?

Estimados lectores:

Hace más de un mes y medio que no escribo nada en este blog. Lo sé. No tengo excusa. ¿O sí? ¿Por qué tengo que dar explicaciones?

Otra vez me encuentro en una de esas fases de la vida en las que todo vuelve a cambiar deprisa. Esta vez ha sido por un cambio de trabajo. No es que donde trabajase estuviese mal. Al contrario. Vivía en mi zona de confort: buen horario, buenos compañeros, gente… Sin embargo, me notaba vacío y decidí que era buen momento de cambiar, así que, mientras escribo mis novelas, di el salto a otro a lugar. ¿Cómo me irá? No lo sé. Quizás dure un mes, dos, un año o toda mi vida. Quizás mañana llegue y me den largas, o quizás encuentre la felicidad. ¿Qué más da? Los pensamientos son demasiado complicados. Lo mejor es vivir el presente y ya está.

Este mes he viajado por Alemania. Aún me quedan unos cuantos viajes más. El proyecto consiste en una migración. Las actividades que se realizan en un lugar se transferirán a otro centro. Esto quiere decir que la gente que trabaja allí perderá su trabajo. Ni bueno, ni malo. Solo una decisión empresarial para mantener la competitividad en el mercado. Una decisión que respeto mucho porque si yo fuera empresario también lo haría.

El mundo cambia constantemente. Nunca prestamos importancia a lo que pasa a nuestro alrededor. Sin tomar consciencia de las cosas, cuando nos paramos a pensar nos damos cuenta de cómo llega a cambiar todo tan deprisa. Pero hay cosas que no cambian: los grandes males.

Llevo un mes pensando en esto. Cuando me paro y observo el mundo a mi alrededor, me doy cuenta de que todo cambia menos la existencia de estos grandes males.

¿A qué me refiero?

Cuando empecé a escribir, quería crear historias de crítica social para ayudar a la gente a despertar, a tomar consciencia de lo que pasa alrededor. Comencé con Encadenado, y escribí la historia de Víctor, una persona con una baja autoestima que vive una vida que no desea. Luego escribí La Daga, la historia de Patricia, una periodista justiciera que se enfrenta a la corrupción. Actualmente escribo otro libro, continuación de La Daga, en el que se pone de manifiesto cómo se destruye una sociedad por estos males a los que me refiero.

En Encadenado se trató la zombificación social, la falta de autoestima, el abuso de poder que hacen algunos empresarios. En La Daga, el machismo, la falta de responsabilidad social, los traumas y también el abuso de poder. En mi tercer libro, otros males surgirán. Y así sucesivamente.

Siempre me he sentido atraído por este tipo de historias. No me suelo sumar a los retos literarios de leer no sé cuántos libros al año, pero suelo escoger aquellos que me ayudan a pensar. La desgracia, en mi opinión (y no tiene porque ser la verdad), es que la literatura moderna, el cine, la música, etc., solo busca entretener y no enseñar. Vale, admito que muchos libros contienen mensajes que ayudan a despertar, pero los temas centrales que contienen tienen como objetivo entretener y vender. Me aburre leer una historia romántica que ya sé cómo acabará. Quiero toma de consciencia. Y la necesito como el aire que respiro.

Cuando voy a la libreria, no solo me encuentro este tipo de literatura. También pasa con los libros de no-ficción. Las estanterías se llenan de libros de dietas milagros, de programa de entrenamientos milagro, y de pensamiento positivo que te prometen que si cambias tu manera de pensar también ocurrirán milagros. Entre estos libros hay verdaderas joyas que no se ven con facilidad en medio de todos esas baratijas. Los árboles no te dejan ver el bosque. O al revés. No sé. Pocos libros valen la pena. Con esto no quiero decir que mis obras lo sean, solo que mi camino va a otra dirección más allá de entretener o prometer milagros (y si no, preguntadle a Víctor en Encadenado).

Por fortuna, he tenido la suerte estos últimos años de encontrarme con obras que me animan a seguir mi camino (a lo mejor eso de la Ley de la Atracción funciona de verdad). Una fue Por trece razones, de Jay Asher, que denunciaba el gran mal del bullying y la falta de responsabilidad de los adultos, lo que lleva a su protagonista al suicidio. También tenemos Seré frágil, una novela de Beatriz Esteban que pretende darnos a conocer el oscuro mundo de la anorexia nerviosa. Fue breve, pero intenso. También tenemos Un nuevo amanecer es posible, de Yolanda Mármol, cuya reseña apareció meses atrás en mi blog y nos enseña lo mismo que su título anuncia.

Hace poco, una autora novel, Estela Giménez, publicaba su obra ¿Hablamos de verdades?, un libro de no ficción en el que nos explica cuáles son estas verdades que debemos conocer sobre este mundo. Una autora joven con sabiduría y mucho futuro.

De lo más popular a lo menos conocido, veo que en medio de estos males hay una luz esperanzadora, de gente que, como yo, queremos luchar por cambiar este mundo, aunque solo un poquito, a mejor. ¿Por qué? Porque hablar de la verdad no gusta. Hay que ser sincero y esta es la primera barrera que hay que superar. Poco a poco, surgimos escritores cuya intención es romper esta limitación y seguir adelante. Lo malo es que somos pocos, más de los que nos creemos, pero no nos conocemos para nada.

Ahora bien, si piensas como yo, en alguna parte de ti, ¿no crees que es momento de abrir los ojos y dejar de ser una marioneta en este mundo? Si no te ves capaz, es que algo pasa. Es que debes enfrentarte a tu realidad, a ese gran mal que te domina, que puede ser la envidia, el miedo al rechazo, la avaricia… Cualquier cosa impropia de ti, que el mundo te ha mal enseñado para tenerte a su merced. Pero seamos realistas. El mundo es nuestro y juntos podemos hacerlo mejor.

Pero antes, debemos sernos sinceros y abrir los ojos.

¿Nos sentamos y hablamos de verdades?

Saludos

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Un pensamiento en “¿Hablamos de verdades?

  1. Muy ergo lo que comentas…
    Yo escribo poesía y cuento.
    En mi poesía también hay crítica social y sobre las guerras; pero trato mucho el tema de los sueños como una forma de sobrevivir…

    Me gusta

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