La Daga, Encadenado y el porqué de mis novelas

Estimados lectores:

Hace tiempo que no hablo de mis libros. Quizás este es el momento, ahora que llevo dos obras escritas y son apenas conocidas en el mercado. Hoy os hablaré de mi segunda novela: La Daga; y luego, de Encadenado.

La novela narra la historia de una periodista llamada Patricia de la Sierra, cuya misión en la vida es perseguir a todo aquel que se aprovecha del sistema para obtener un beneficio propio. El contexto de la historia se desarrolla en Barcelona, empobrecida tras largos períodos de crisis económica. Esto provoca que los índices de criminalidad se disparen, amenazando con la seguridad de la ciudad. Para saber más detalles, podéis consultar su ficha aquí.

En primer lugar, parece la típica novela policíaca en la que se busca un criminal, se le caza y ya está. Sí y no.  Lo que hace diferente a mi novela respecto a otras, es su alto contenido en crítica social.

Me inspiré en esta historia hace unos diez años. Entonces, me encontraba en mi residencia de estudiantes en el frío y oscuro invierno sueco, durante mi estancia Erasmus. Allí me relacionaba con muchos estudiantes de otros países. Cada uno tenía unas costumbres diferentes. Sin embargo, hubo algo común en todos ellos: su humanidad. Me explico.

Independiente de dónde vengamos, de nuestra religión, sexo, etcétera, nuestro corazón humano nos hace únicos en muchos rasgos de nuestro comportamiento. Rasgos étnicos o culturales son algo muy superficial y apenas impactan en nuestra personalidad más profunda.

Es innegable que los humanos poseamos cosas buenas, pero más innegable aún que poseamos muchas más cosas malas. Un ejemplo es el odio a lo diferente, nuestras ansias de poder y de destrucción. Solemos elegir el mal por encima del bien.

Muchas veces, estos comportamientos no tienen como origen una raíz maligna. De hecho, son a menudo mecanismos de defensa. Por ejemplo, una persona conflictiva en el trabajo, que pisotee a los demás, puede que se comporte así por tener que mantener a su hijo y tenga miedo de perder el trabajo. Hay muchos casos diferentes y casi todos pueden ser fundamentados.

Sin embargo, eso no significa que debamos hacer daño a los demás para satisfacer nuestras necesidades. Al contrario, deberíamos aprender a gestionar nuestras emociones para mantener un clima lo más favorable posible.

Siguiendo esta línea de pensamiento, llegué a la conclusión de que el ser humano suele elegir el mal por encima del bien por razones que no son, para nada, de origen maléfico. Aun así, sigo creyendo de que en nuestras manos existe el poder de decidir sobre nuestro destino, al menos en parte.

Por esta razón escribí La Daga, para narrar una historia que hiciera comprender que como personas, por muy insignificantes que podamos resultar en comparación al global de la población, tenemos un inmenso poder para cambiar las cosas. Muchas veces, no somos capaces de comprenderlo. Con mis libros publicados (y con los que pienso publicar), quiero lanzar ese mensaje, porque al fin y al cabo, soy una persona que tiene la convicción de que la humanidad aún puede cambiar a mejor, de que somos capaces de controlar aquello que nos hace daño y cambiar personalmente.

En Encadenado, mi primera novela y que estoy revisando en los momentos en los que escribo este artículo, narra la historia de un hombre que vive, como dice el título, encadenado a las exigencias sociales. Durante su aventura, tendrá como objetivo recuperar las riendas de su vida.

Me gusta escribir sobre estos temas. En mi vida, las excusas para cambiar algo no existen. Muchas veces las personas se estancan en sus emociones o en su forma de pensar y me entristece ver cómo algunas deciden quedarse como están. Sí, he utilizado el verbo «decidir», porque aunque parezca mentira, nuestra vida se basa en elecciones que  solo nosotros hacemos. Cuando aprendemos a que tenemos control sobre ellas, es cuando todo comienza a cambiar a mejor.

Muchas veces no es fácil y reconozco que, si los protagonistas pudieran mandarme a la mierda (perdonad la expresión), lo harían. ¿Por qué? Porque si bien podemos cambiar las cosas, hay que reconocer que avanzar no es fácil. Pero eso no debería ser nunca una excusa, pues la vida nos presenta entrenamientos en forma de retos o pruebas. Tanto si las superamos como si no, ganamos algo con el hecho de aprender algo.

Abrazad el cambio. Cueste lo que cueste.

 

 

 

 

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