¡Corre! ¡Lee esto!

¡Más rápido! ¡Lo necesitaba para ayer! ¡Date prisa o te lo quitaran de las manos!

Ahora mismo estoy escribiendo este artículo sobre las prisas, con toda la calma del mundo. No voy a correr. Lo siento. ¿Que la competencia está corriendo para sacar un libro en tres meses? Me da igual. Ninguna presión. Bueno, vale. Voy a reconocerlo. A veces, también me estreso, y mucho, para avanzar en mis tareas.

Sin embargo, hay momentos en los que me freno en seco y observo a mi alrededor. Mi mente, agitada por naturaleza, sigue moviéndose a un ritmo vertiginoso mientras otra parte del cerebro, que no se cuál es, se esfuerza por mantenerme calmado.

En esos momentos en los que observo el mundo, reflexiono. En mi entorno, todo se mueve muy deprisa: los coches, la gente en el trabajo o en el gimnasio… Todos buscan resultados rápidos e inmediatos.

Este es el ritmo de vida en pleno siglo XXI, al menos en las grandes ciudades como Barcelona. Esto se ha convertido en algo normal. Hasta aquí, todo va bien hasta que esta velocidad nos desgasta como personas y se vuelve en una trampa que antes de que nos hayamos dado cuenta nos castiga.

Un ejemplo es el mercado inmobiliario. Después de unos incontables años de crisis, la cosa remonta. Cuando vas a mirar un piso y a preguntar, tú, que eres un tipo al que le gusta tomarse su tiempo para tomar una decisión tan importante (sobre todo, por la hipoteca que te encadena para casi toda tu vida), te viene el vendedor o la vendedora y te dice:

–¡No tardes mucho en decidirte! ¡Me quitan el piso de las manos!

Entonces, dependiendo de varias factores, entre ellos, ese rasgo de la personalidad llamado resiliencia que se está poniendo tan de moda (tan útil, aunque luego pasará a ser algo que pidan las empresas cuando nadie sabrá darte una definición exacta de lo que es, como pasa con términos como proactividad o creatividad, que pocos te saben explicar, solo exigir que lo seas, aunque ese es otro tema), te ayudará a resistir la adversidad de la situación y a mantenerte en tu posición, decir que no das una respuesta por el momento hasta que te lo pienses bien.

Al cabo de un rato, viene otro interesado, le cuentan el mismo cuento y, ¿qué pasa? ¡Piso vendido! O reservado, hasta que a los compradores les concedan la hipoteca.

El otro día leí un debate en Linkedin acerca de una chica que quería un trabajo tranquilo. A continuación, recibió un aluvión de críticas tildándola de “vaga”, “ineficiente” y cualquier otra barbaridad que al ser humano se le pueda ocurrir. Todo era justificable para machacar a la muchacha.

Entonces, en estos momentos en los que me paro y observo el mundo, pienso: “¿Para qué correr tanto? ¿Por qué tenemos que hacer las cosas tan rápido, bajo una constante presión y sacar resultados casi de inmediato?”

Hemos llegado a un punto en el que vivimos en una carrera, bajo la falsa ilusión de que corriendo llegamos antes. ¿Queréis saber que pienso? Pues habéis acertado. Es mentira.

Con esto no quiero decir que correr esea malo y que debamos movernos a ritmo de tortuga. Al contrario. Creo que todo tiene su velocidad. Hay momentos en los que hay que ser como un relámpago y otros, en los que hay que elogiar a la lentitud.

Me explico. Si vas por una carretera y conduces a dos cientos kilómetros por ahora, hay una probabilidad bastante elevada de tener un accidente. Si conduces a cuarenta, es probable que estorbes y que también lo provoques. No confudamos esto con que ir a la velocidad de la vía es lo correcto (si no, llegamos a la misma paradoja anteriormente descrita, pues si todos van a dos cientos y tú no, deberías adaptarte a esa velocidad).

En cambio, si viajas una velocidad que el estado de tu vehículo, condiciones de la vía, meterología, etc., te lo permita, puedes llegar a buen puerto de la manera más rápida posible.

La idea que quiero resaltar con todos estos ejemplos es que antes de realizar una tarea y nos dé por correr, debemos plantearnos si realmente merece la pena. Como bien sabido es, puede ser que uno viaje a dos cientos, pero quizá su coche y habilidad se lo permita, pero tú, ¿realmente crees que puedes ir a esa velocidad?

El grado de velocidad no determina el grado de eficiencia. En la vida, hay momentos para todo. Ciertas tareas requieren de una concentración y un tiempo, mientras que otras requieren moverse a la velocidad del rayo. Cuál es la adecuada, solo lo podrán determinar las circunstancias y la persona. No obstante, no hay que caer en la trampa de que correr siempre, es sinónimo de ser eficiente y eficaz.

Espero que os haya gustado esta reflexión.

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