Terror

No sabría por dónde empezar. Los terrores que me acechaban mientras dormía… No quiero recordarlos. Pero ahí están, detrás de mí mientras escribo en mi ordenador esta macabra experiencia.

Los siento. Siguen ahí. Me susurran en la nuca. Esas voces que parecen proceder de ultratumba se ríen de mí al ritmo que tecleo con el ordenador. Suena como una melodía fantasmal. Entonces comienzo a recordar  sus carcajadas taladrándome el cerebro.

Me asfixio. Mucho. No puedo respirar y me estoy ahogando. Grito pero nadie me escucha. ¿Estoy solo? Mi mujer yace al lado, dormida plácidamente. ¿Por qué no me oye? Grito, grito y grito; sin ningún resultado.

Las sábanas están chorreando de mis sudores. Estoy deshidratado, a la vez que desorientado. Es mi habitación, pero parece diferente. ¿Dónde estoy?

Quiero bajar de la cama e ir al lavabo, pero algo me hace recular. Una neblina cubre el suelo. El parqué de mi casa ha desaparecido. Solo hay un abismo. Decido que lo mejor es volver a tumbarme e intentar dormir. Seguro que todo es una pesadilla.

De repente, una mano espectral me agarra de la pierna y me tira, lanzándome al interior de la neblina. Vuelvo a gritar, pero nadie me oye. Una calavera gigante se manifiesta delante de mí y se ríe estrepitosamente.

Caigo en un lugar que desconozco. Es otro mundo, otra dimensión. Estoy solo. Miro hacia arriba y veo mi cama. Veo a mi mujer y a mí dormir. Pienso, extrañado, qué ha pasado.

«Has muerto de un infarto», dice una voz tenebrosa.

Lo niego. Es imposible. Pongo la mano en mi pecho para comprobar que no estoy soñando. No siento nada. ¿Dónde están? ¿Cómo? ¿Por qué?

Mi corazón ha dejado de latir. Estoy muerto de verdad.

Delante de mí aparece una silueta oscura. Se parece a mí. Me comienza a insultar. Me llama inútil, fracasado y mentiroso. No entiendo por qué lo hace. Solo sé que siento que es verdad, pero mi boca dice lo contrario:

«¡No soy un inútil!», grito. Entonces la silueta comienza a reír y se mete en mi cabeza.

Me susurra. Oigo esas voces retumbar en mi cabeza como si un caballo galopara por dentro a un ritmo frenético. Me tiro de los pelos. No puedo soportar el dolor que se produce en mi mente.

A continuación, las voces se convierten en un chirrido y me tapo los oídos. Es inútil porque el ruido está dentro, no fuera. Al retirarlas compruebo un reguero de sangre en mis oídos.

En mi mente se reproducen escenas constantemente. Son personas que me ignoran. Quiero hablarles pero huyen de mí. Les muestro mis libros. No quieren dedicar ni un solo segundo a leer ni siquiera la sinopsis de mis obras. Se ríen de mí y se van.

«¿Eres tú ese que va de escritor y no sabe poner ni un acento?», me dicen.

Suena mi móvil. He recibido una notificación. Un mensaje en Facebook me avisa de que alguien ha leído mi móvil. Es una persona experta. Al menos, eso creo, y me envía un comentario de mi libro.

«Es una mierda. Dedícate a otra cosa. Ahora pondré en mi blog una reseña recomendando no leer tu obra. Está llena de errores y la historia es mala.»

A continuación, millones de comentarios aparecen en las redes sociales y todos los medios criticándome como escritor. No puedo respirar. Me está dando un ataque de ansiedad. O un infarto, qué sé yo. Sólo sé que me mareo y me siento hundido.

Debo huir, ahora que puedo, dejar la pluma y quedarme en casa viendo la tele todo el día como la gente normal.

De un sobresalto aparezco en mi cama de nuevo. ¿Qué ha pasado? Miro la hora. Son las 5:30 de la mañana. Solo he dormido 3 horas. Miro por la ventana y el cielo es un poco más claro. Ya no es la oscura noche. Un hermoso y nuevo día.

Miro a mi alrededor. No hay más demonios, no más fantasmas. Estoy en mi cama junto a mi esposa, que duerme como si nada ocurriera.

Cojo el móvil y miro las redes sociales. Todavía ni un comentario, ni una reseña de mi libro nuevo. Entonces reparo en que estoy obsesionado con las críticas, con lo que puedan opinar de mí y lo mucho que me pueden hundir.

La razón hace un esfuerzo en decirme que todavía es el principio de mi camino, que no me preocupe, que los frutos tarde o temprano llegarán.

Pero mi corazón, que late con normalidad, me dice lo contrario. Me dice que debo dejarlo, que voy a fracasar. Son como las voces que he oído en mi sueño, solo que ahora lo escucho dentro de la voz de mi consciencia.

¿Qué hago? No lo sé. Solo sé que he aprendido una cosa de mí. Si quiero continuar, debo superar estos episodios de ansiedad. ¿Le pasará a otros escritores? ¿A todo aquel que se embarca en una aventura? Son muchas las preguntas en relación a los demás, pero mis miedos son solo míos y solo me afectan a mí.

Algo tengo que hacer. Debo decidir si quedarme en la cama envuelto en unas sábanas mojadas por sudor causado por el terror…

…O hacer algo al respecto y seguir luchando.

 

 

 

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