Capítulo 3 – La biblioteca

5 de octubre de 2007,

Estimado diario,

Ya ha pasado una semana desde que llegué. Todo va sobre ruedas. Estoy muy contenta de estar aquí. Bueno, reconozco que en cuanto pueda me buscaré otro piso. No soporto a Rachel. No para de comer durante todo el día y sus aburridas conversaciones me sacan de quicio. No para de contarme lo mucho que le gustaría vivir en España. Suerte que paso el día fuera de casa combinando estudios y ejercicio por el parque. Solo voy a casa para cenar, escribir este diario y dormir.

Hoy he ido a la biblioteca con Laurel. En muy poco tiempo nos hemos hecho muy amigas. Me ha contado que le encanta la natación y que ha ganado varios campeonatos. La verdad es que tiene un cuerpazo típico de nadadora: estilizado y una postura perfecta, lo que le hace muy atractiva. Le he contado que me gusta correr y ha aplaudido mi delgadez. Me encanta esta chica, aunque me gustaría estar aún más delgada.

En la biblioteca me ha presentado a dos amigas suyas: Jennifer y Sara, ambas estudiantes de Filología Inglesa, como nosotras. Una rubia y la otra morena, preciosas las dos, con atuendos casi tan elegantes como los de Laurel.

Jennifer era bailarina de ballet. Había comenzado no hacia mucho, pues sus padres le decían que debía centrarse en los estudios y no en tonterías. Una vez en la universidad e independiente, se apuntó a clases de ballet.

Por otro lado, Sara era una cabra loca. Iba con asiduidad al gimnasio, para entrenar con un único propósito: estar físicamente preparada para los deportes extremos. Cada vez que podía, saltaba desde un puente o se lanzaba en parapente. También solía hacer escalada si el tiempo lo permitía.

Les expliqué que yo era corredora. Siempre que podía salía a correr por montaña o participaba en alguna carrera. Cuando les dije que mi objetivo era participar en una media maratón por la montaña, Jennifer y Laurel me tomaron por loca. Excepto Sara, quien prometió ayudarme a entrenar.

—Este sábado hay una fiesta de inicio de semestre en la residencia donde vivo — dijo Laurel. — ¿Os apuntáis chicas?

—¡Claro que sí! — exclamó Jennifer dando palmadas.

—Genial. Me encantará ir — dije.

—De acuerdo chicas. Os espero a las ocho. No tardéis. Tengo una sorpresita para vosotras.

—¿Qué es? ¿Qué es? — insistí.

— Lo siento. No lo sabréis hasta el sábado.

La maldita nos dejó con la intriga. Qué rabia me daba.

Tras un par de horas, las chicas se marcharon de allí y me quedé sola en la biblioteca. Quería aprovechar para buscar un libro que necesitaba para estudiar. Tomé una escalera y busqué en la sección donde la bibliotecaria me indicó que se encontraba. Al poner un pie en el primer peldaño, reparé en que la escalera cogeaba un poco. Aun así subí para alcanzar el libro que necesitaba. Sin embargo, la escalera se movió a un lado, provocando que estuviese a punto de caerme. Gracias a mis rápidos reflejos, mis manos pudieron agarrarse a la estantería. Por desgracia, en vez de sujetarme, me caí al suelo tirando un montón de libros, aterrizando encima de mí.

En mis manos cayó un libro antiguo lleno de polvo. Lo sacudí y miré incrédula el título: La Bella y la Bestia. Lo que me faltaba, recordar películas de mi infancia.

—¿Estás bien? — dijo una voz masculina. Vi una mano que me ayudó a levantarme.

—Eso creo… — contesté tomando la mano.

Me hice mucho daño, pero nada importante, salvo cuando me levanté y vi que fue John quien me ayudó. Retiré mi mano de inmediato del asco. Él se percató y me miró perplejo. Se agachó y recogió el libro.

—Creo que deberías leerte este libro. ¿Sabes de qué trata?

—¿De zoofilia? — contesté con sarcasmo.

—Trata de que la belleza está en el interior.

—Creo que ya tienes una edad para ver películas de Disney, ¿no crees?

—La película está basada en este cuento francés de Jeanne-Marie Leprince de Beaumont de 1756. Aunque él no es el autor original, su obra es una versión de la primera, si no me equivoco, de Gabrielle-Suzane Barbot de Villeneuve. Se le ha dado muchas interpretaciones. Una de ellas es la que conocemos de la película infantil: la belleza está en el interior.

—John, no me importa, ¿vale?

—Pues debería. No todo lo que es bonito es bueno, ni todo lo que es feo es malo.

—Mejor lo dejamos aquí. Adiós.

Me marché dejando a John el deber de recoger todos los libros del suelo. ¿Quién era él para decirme cómo debía pensar?

Salí sin el trabajo hecho y hecha una furia. Necesitaba alegrarme un poco, así que me fui a la tienda a comprar un vestido tan bonito como el de mis nuevas amigas.

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