La envidia

Estimados lectores,

Hoy por fin me veo preparado para escribir esto. Desde que inicié este viaje en la escritura me he encontrado con muchos desafíos. Voy a hablar del que más me preocupa: la envidia.

Aunque no suelo ser muy activo en las redes sociales soy bastante observador. En Twitter y en Facebook interactuamos con muchas personas con intereses afines, pero también con otras que se dedican a algo parecido a lo que hacemos. Este es el caso de la escritura, por ejemplo. 

En ellas, es frecuente que un autor o autora haga publicidad de sus obras. Sin embargo, también es posible que tras recibir una buena reseña, o aumentar mucho las ventas, el mismo autor desee compartir su logro con la comunidad. Al fin y al cabo, todos los seres humanos queremos sentirnos importantes, ¿no? Aquí es donde llega el problema.

Sin entrar en debate de discusión sobre cuál sería la finalidad de dar a conocer un logro, lo que realmente me preocupa, y creo, debería preocupar, son los ataques que recibe esa persona. Por ejemplo, he visto acusar a escritores de llevar a cabo “prostitución literaria” para comprar lectores, de ofrecer una opinión más destructiva que una bomba nuclear, e incluso dejar reseñas sin sentido en las páginas de Amazon para derrocar al autor.

A veces decido alejarme un poco de este mundo para no enfermar de tanta lacra. Entonces es cuando me siento frente al ordenador en el trabajo y llevo a cabo mis tareas. Un compañero aparece compartiendo un logro con el resto. Otro ofrece una elaborada idea para reducir el volumen de trabajo innecesario. ¿Qué recibe a cambio? Un sinfín de ataques por parte del resto y pocas felicitaciones. 

Voy al gimnasio para generar endorfinas y provocar una sensación de bienestar en mi cuerpo y mente. Paso por al lado de un grupo de chicas. Las oigo criticar  a la que tiene un buen cuerpo dentro de los estándares sociales. Voy a la sala de pesos libres. Los hombres se miran de reojo. Observo y me doy cuenta de que compiten por ver quién se pone más peso. Si uno no puede superar a otro te dirá que tiene problemas de espalda, o que el fuerte es un amargado que no tiene vida social y pasa la vida allí.

Entro en la clase de Body Combat. Mi preferida. Reconozco que tengo mucho nivel. Grito muy fuerte y soy muy potente en mis golpes. Ese día entra una persona, da igual chico o chica, que lo hace mejor que yo. Me pico. Parece incansable. Intento superarla, sin éxito. Llega el famoso Track 5 que está de moda en ese programa de fitness y no aguanto ni la mitad de flexiones. La miro y me siento frustrado. Ya no soy el mejor. Dentro de mi cabeza miles de pensamientos me destruyen por dentro. Pienso que es arrogante, prepotente, imbécil y gilipollas. Cuando acaba la clase, se acerca a mí y me dice: “¡Buena clase tío!”, me choca los cinco y reconoce que le gusta cómo lo hago. En vez de hacerme amigo suyo le doy largas con una sonrisa falsa y pienso: “Ha venido a reírse de mí”.

Cuando me voy a dormir me doy cuenta de que yo también soy víctima de la envidia.

¿Cómo curarnos?

Después de tanto recapacitar decido que debo cambiar. Reconozco que muchas veces, cuando veo que alguien vende más libros que yo o tiene mejor forma física, o lo que sea, mi mente genera pensamientos tóxicos que me empujan a atacar a esa persona. Un grave error. ¿Qué culpa tiene? Ninguna.

Me di cuenta de que debo trabajar algo: mi autoestima. Un día leí un libro de Dale Carnegie, no recuerdo cuál. Este decía que  cuando alguien nos envidia, en realidad nos está admirando, pues existe reconocimiento previo de algo bueno en nosotros por parte de alguien.

Entonces deduje, si hay una falta de autoestima, no sentiremos admiración sino envidia. La razón es simple: nos frustra no tener eso que otro tiene y eso, pues nos da rabia. Lo malo es que sufre más el envidioso que la persona a la que se ataca.

Por suerte hay una solución y es trabajar la autoestima. Para ello, debemos primero darnos cuenta de las cosas buenas que tenemos. Por ejemplo, a lo mejor no vendemos muchos libros, pero somos buenos haciendo deporte, o cocinando. Todos tenemos buenas cualidades que muchas veces ignoramos. Quizás sea porque así nos hayan educado de pequeños, pero deberíamos dejar de desear lo que otros poseen y valorar lo que ya tenemos. Hay que recordar que somos únicos. No hay nadie más como nosotros. No existe combinación de genes en el mundo que coincida con la nuestra. Solo por esta razón  deberíamos apreciar el gran tesoro que somos y compartirlo con los demás, mientras dejamos que ellos también compartan con nosotros lo que tienen. Al fin y al cabo, si lo hacen, es porque comparten su riqueza con nosotros, ¿no?

Espero que os haya gustado.


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