Somos campeones

Corría el año 2013. Era noviembre y yo me encontraba en la frontera con Francia. Estaba muy nervioso. La ansiedad se había  apoderado de mi cuerpo. Era la primera vez que me enfrentaba a un reto tan grande. Al menos en aquel momento.

Me encontraba en Behobia, esperando a que dieran el pistoletazo de salida de mi grupo. Iba a correr 20 kilómetros por carretera. La prueba consistía en cruzar los pueblos corriendo por carretera hasta llegar al Boulevard de Donosti. Iba a cruzar montañas, y no sabía si estaba preparado para ello.

En cuanto dieron el pistoletazo de salida, solté el chubasquero y lo lancé al suelo como marcaba la tradición del lugar. Empecé a correr con cautela, vigilando que la emoción del momento no poseyese mi alma y me arrastrara, junto a otros corredores que habían cometido ya ese error, a retirarme de la carrera antes de tiempo.

Como dice Lao-Tse, “Un viaje de mil millas comienza con el primer paso”. En esa ocasión se trataba de 20 kilómetros, pero para mí consistía en superar una barrera.

Al cabo de pocos kilómetros corriendo a través de hermosos verdes campos por el País Vasco, empezaron las cuestas. Me tranquilicé y subí a mi ritmo, sin presionarme demasiado. 

Tras cruzar el primer umbral, llegó la bajada y con ello, aproveché para devolverle un poco de tranquilidad a mi corazón y aire en mis pulmones. Numerosas eran las leyendas de corredores que caían fatigados en mitad de una carrera, o peor aún, muertos de un ataque cardíaco.

Seguí adelante y vi un curioso personaje disfrazado de pirata. Era una tradición, decían. Sonreí ante tal visión y continué.

Subí un par de cuestas más, y ya hacía el kilómetro 15, mis piernas se encontraban fatigadas. Ahí aprendí que en bajada uno se puede llegar a cansar más (y lastimar las rodillas).

Era el kilómetro 18. Si no recuerdo mal. Entramos en Donosti y solo quedaban 2 kilómetros. Di gracias a Dios, y eso que no soy creyente, a que quedaba poco para acabar con aquella tortura. 

Sin embargo, una prueba final esperaba al final. Una última maldita cuesta.

Quería morirme. Reuní las pocas fuerzas que me quedaban y empecé a subir.

Me costaba. Empecé a ralentizar mi marcha. Me dolían músculos que ni conocía. El glúteo me ardía, los gemelos empezaban a subirse, y los cuadríceps me atormentaban de dolor.

Levanté la vista y vi que aquello estaba abarrotado de gente. Éramos muchísimos corredores, pero en aquel momento me sentí único.

Gente que no conocía nos animaban. Algunos pronunciaban nuestro nombre, que aparecía en la dorsal, para darnos un poco más de fuerza y llegar a la meta.

“¡Vamos Jorge tú puedes!”, me gritó un chico.

De la nada, saqué fuerzas para ascender la cuesta. Recibí un pequeño empujón, pero no fue suficiente. A continuación, otra persona, no sabía si hombre o mujer, gritó:

“¡Vosotros podéis llegar a la meta! ¡Vosotros tenéis los huevos que nosotros no hemos tenido! ¡Sois unos campeones”

En cuanto escuché esas palabras, mi corazón recuperó instantáneamente las fuerzas para latir. Las piernas me seguían ardiendo, pero mi alma podía soportar ese dolor.

Iba a llegar a meta sí o sí.

Subí la cuesta, corrí la larga recta, y entré en el boulevard de San Sebastián (Donosti). Tardé 2 horas aproximadamente. Un tiempo considerado mediocre.

Pero me daba igual.

Llegué a la meta. Eso me importaba. Quizás estaba lejos de ser el mejor. Gracias a las voces de ánimo, me di cuenta de que era un campeón simplemente por haberme atrevido a realizar aquella prueba. Superé un límite.

Dos años más tarde acabé una carrera de montaña de 23 kilómetros, la cual tardé 3 horas y media en acabar. Nadie me animó porque en medio del bosque es un poco complicado encontrarte con gente, pero los ánimos seguían resonando en mí.

Y así seguiré.

No sé si te ha pasado, pero, cuando escribes un libro, pasa lo mismo. Da igual lo que la gente piense de ti, si eres malo o no. Lo importante es que dentro de ti resuene esa voz que diga “Eres un campeón”. Lo importante es haber acabado tu obra. Ya mejorarás con el tiempo. Todo llega.

Escribo esto porque a menudo me encuentro en Internet a personas con un verdadero talento, pero que lamentablemente son incapaces de luchar por sus sueños porque creen que no lo conseguirán. Evidentemente, cada persona es diferente, pero lo importante, lo que nos hace campeones es intentarlo. Eso es lo que nos distingue de aquellos que nos critican, de aquellos que se leen tu libro y dicen que es una mierda, cuando ellos por dentro desean fervorosamente hacer lo mismo. Te puede pasar en el deporte, te puede pasar en cualquier ámbito. Tú eres una luz. No lo olvides jamás. 

Puedes tener, como yo, la suerte de que te apoyen personas como mi mujer, pero si no las tienes, repítete mil veces cada día lo grande y genial que eres.

Como cada tarea, hay que ser perseverante. Con el tiempo, llegarán los resultados. Con ello, el cumplimiento de tus sueños.

A veces solo tenemos que subir una última cuesta.

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