Un relato contra la violencia de género

Estimados lectores,

En el post de hoy voy a compartiros un relato corto que he elaborado, para participar en un concurso literario contra la violencia de género.

La violencia tanto física como psicológica, se manifiesta en la gran mayoría de personas. Desde mi punto de vista, todos hemos sido víctimas de algún tipo de maltrato, así como lo hemos provocado en otras personas.

Ahora bien, somos humanos, pero no monstruos. No hay que negar que hay veces que es difícil contener los nervios. No obstante, esto no es excusa, y debemos tener especial cuidado como personas que somos, de no herir a nadie, ni siquiera utilizando como excusa nuestras propias tragedias personales. Todos pasamos por circunstancias que nos transforman, que nos moldean, y reaccionamos de distintas maneras a las diferentes situaciones que se nos presentan en la vida. Sin embargo, cuando hacemos daño a alguien, debemos aprender lo antes posible del error. Nadie tiene la culpa de lo que nos haya pasado en la vida.

También debemos tener cuidado desde el otro punta de vista, evidentemente. Si nos sentimos maltratados, creo que deberíamos, lo antes posible, actuar contra aquello que nos perjudica. Como personas, tenemos una integridad, una dignidad y un honor que proteger a toda costa. Entiendo que a veces podemos tener miedo, pero no debemos dejar que eso nos consuma.

Os dejo con este relato corto en contra de la violencia de género de la mujer, ya que, ellas son las víctimas más conocidas ante este tipo de maltrato.

Demasiado tarde

Me encontraba al otro lado de la habitación, viendo aquella horrible escena. El terror poseía el control de mi cuerpo, de mi alma, paralizándome, inhabilitándome a tomar cualquier acción que pusiera fin a aquella pesadilla.

Allí estaba ella, de pie mirando fijamente a los ojos de su amado – o eso creía ella que era, si no abría pronto los ojos-. Sabía de qué era capaz él, pues no era la primera vez que su malvado corazón estaba dispuesto a destrozar la vida de una persona para alimentar su necesidad de sentirse superior, más que nadie. Una mera ilusión que él perseguía cada día, pues no era más que un simple hombre. Solo ella no lo podía ver. Estaba ciega de tanto miedo, a la vez que de tanta esperanza, esperando que un monstruo como él, escondido bajo la apariencia humana, le perdonara su vida y volvieran a envolverse en un manto de pasión como hacían en sus días más jóvenes.

Poco a poco, él se remangaba, mirándola amenazante, acercándose poco a poco a ella. ¿Qué hizo ella para que se enfadara tanto? Seguramente se estaría preguntando ella miles de veces en su mente, agotada de tanto sentimiento de culpa. ¿Habría echado demasiada sal a la comida? ¿No le había satisfecho sexualmente? ¿O quizás fue por saludar a aquel viejo amigo de la infancia? Quizás no era algo en concreto, sino toda su conducta lo que enfurecía a aquella bestia que se acercaba poco a poco. Ella sabía lo que se avecinaba, y pese a que se había convertido en su día a día, su cuerpo no logró nunca acostumbrase a las palizas a las que él la sometía. Al contrario. Cada palabra, cada insulto, cada golpe, herían a aquella hermosa tanto mental como físicamente, arrebatándole cada vez un poco más su identidad, hasta despojarla de ella por completo.

Ella se arrodillo ante él, como tantas veces había hecho. Había probado en pedir perdón, en prometer cambiar, en ser mejor, adelgazar, callar, obedecer, pero él nunca estaba satisfecho. Arrodillarse era la única opción que le quedaba.

Desde mi posición yo veía que no era así. Detrás de ella había una puerta abierta. Aún podía correr. Grité y grité lo más que pude, esperando que pudiera tomar la opción correcta de una vez por todas.

-¡Sal por la puerta! ¡Busca ayuda! – grité, pero no me oía. No se daban cuenta de que estaba allí. Estaba demasiado atemorizada como para poder pensar racionalmente.

Ella lo miró con los ojos llenos de lágrimas, suplicando con la voz temblorosa que la perdonaran. Como a mí, a ella también la ignoraba. Es más, la miró con decepción, como si fuera una mierda de la que era necesario despojarse.

Hice lo que pude dentro de mis posibilidades para que me oyeran. Incluso puse mis manos sobre sus hombros, intentando que reaccionara de una vez y se levantara. Sin embargo, no funcionaba.

Entonces, el hombre endemoniado que tenía delante suyo, se fue sacando poco a poco su cinturón, y lo cogió por la punta donde no estaba la hebilla. Empezó a mover la mano en círculos, como si eso fuera una honda, jugando con el arma construida a base de su cinturón.

Ella, avecinando lo que venía, se cubrió la cara con las manos.

Él, empezó a golpearla por todas partes con la hebilla del cinturón. Tuve que taparme los oídos y cerrar los ojos para no poder ver aquella escena. Sin embargo, una parte de mí me decía que debía actuar, ayudar a salvar a aquella chica.

Intenté frenarle, pero no funcionó ninguna de las maneras que probé. Estaba desesperada por parar aquella brutalidad. Él seguía y seguía golpeándola, hasta que tiró el cinturón a un lado y empezó a patearla.

Hasta que ella dejó de gritar.

Él se alejó, con la mirada carente de emoción, como si no le hubiera afectado para nada. ¿Cómo podía existir alguien así?

Me acerqué al cuerpo de ella, poniendo mi oído en su pecho. Escuché como su respiración y sus latidos, iban volviéndose cada vez más lentos. Intenté reanimarla, pero no servía. Me quedé con ella hasta el final.

Hasta que su corazón dejó de latir.

Rompí a llorar, lamentando la pérdida de aquella chica, cuyo único pecado había sido ser demasiado buena con su amado, como así ella lo seguía llamando pese a todo.

Poco a poco, fui levantando la mirada, hasta que me encontré de frente al espejo. Aunque estuviera justo delante, mi reflejo no aparecía en él.

Me giré de nuevo hacía el cuerpo de la chica, y me fijé bien en su cara.

Grité de pánico en cuanto vi que la chica que había muerto, era yo. Reflexioné y pude entenderlo todo.

Recordé toda mi vida cuando aún estaba en ella. No sabía si era por amor, pero ahora estaba en lo cierto de que era por miedo que estaba con él. Cada vez que hacía algo que lo enojara, me caía una lluvia de golpes e insultos. Tal era la dependencia emocional, tal era la ceguera, que en todo momento creía que todo era culpa mía.

Un día, perdí la noción de mi existencia y empecé a verme desde la distancia. Solo veía a una chica que era yo por fuera, pero no por dentro. Era alguien a quien le habían arrebatado su identidad, sus ganas de vivir, hasta que su alma se separó de ella.

Hoy, me he dado cuenta, de que ya estaba muerta antes de que ocurriera todo esto. He gritado, intervenido, y he fracasado, no porque no fuese lo correcto, sino porque he intentado mostrarme a mí misma una salida, cuando era demasiado tarde.

Espero que un día se conozca mi historia. Espero, poder convencer a todas las mujeres que viven bajo la tiranía de un demonio – ya que a eso no se le puede considerar un hombre -, que no esperasen demasiado tarde para actuar, que no esperen hasta que les arrebaten su alma.

De lo contrario, se muere mucho antes el alma antes de que el cuerpo fallezca y se pierda, con todo ello, cualquier resto de esperanza que pudiese haber.


Espero que este relato te haya gustado. Sé que soy un hombre, y que nunca podré saber con certeza las dificultades que se encuentran las mujeres en este mundo. No obstante, creo conveniente empatizar al máximo con ellas. Nadie merece ser tratado como una basura.

Pulsa aquí si deseas descargarte el relato aquí: Demasiado tarde

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