Bailando con el tacón roto

Me encontraba en la escuela de baile junto con mi compañera, Leticia, ensayando nuestra actuación por enésima vez. No éramos pareja. De hecho, cada uno tenía su vida fuera de la escuela. No obstante, cuando bailábamos juntos, tal era nuestra conexión que éramos un solo ente. Nos comunicábamos a la perfección, a través de los ojos, de las manos, del movimiento de nuestros cuerpos al ritmo de la salsa. No hacían falta palabras para saber qué pensábamos en todo momento.

– Está bien por hoy – dijo nuestra profesora, Amanda, como siempre, satisfecha por nuestra actuación. – Ir a daros una ducha y luego venís a verme. Quiero hablar con vosotros.

¿De qué querría hablar? La duda pesaba sobre mi cabeza. Espero que sean buenas noticias al menos.

A los quince minutos, un vez duchados y vestidos de calle, fuimos a ver a la profesora para recibir las noticias.

– Leticia y Daniel, como ya sabéis, considero que sois los mejores bailarines de esta escuela. Por eso, tengo una buena noticia para vosotros. ¡Vais a participar en un concurso de la tele!

– ¡Eso suena genial! – exclamó Leticia mientras daba saltos de alegría -. ¿No crees Dani?

Me quedé helado. No sabía cómo reaccionar. Si bien me hacía mucha ilusión avanzar en mi carrera como bailarín profesional de salsa en línea, actuar por delante de millones de personas me daba un pánico terrible.

– Bueno… No sé qué decir… – respondí tímidamente.

-¿No te alegras? ¿Cuál es el problema? – preguntó Amanda.

-Sí que me alegro. Lo que pasa es que tengo miedo escénico.

-No te preocupes. Lo tenemos todo muy bien ensayado. ¡Seguro que triunfamos! – dijo Leticia intentando animarme.

-Tú piénsalo – continuó Amanda -. Me dices algo esta semana. ¿De acuerdo?

-De acuerdo.

Marché a casa. El corazón me latía a mil por hora. Era una excelente oportunidad para impulsar mi carrera, pero, ¿y si fracasaba? También sería el fin.

Llegué a mi hogar sobre las nueve de la noche. Al entrar por la puerta, vinieron a recibirme mi hijita pequeña y mi mujer. Le di un beso a las mujeres de mi vida, fui al lavadero a dejar la ropa sucia del ensayo del día. Entonces, fui con mi mujer a la cocina a preparar la cena. A los dos nos gustaba cocinar juntos, ya que así, aprovechábamos para estar juntos después de un largo día lleno de responsabilidades. Mientras puse el pollo con verduras a calentar en el horno, le expliqué lo del concurso.

-Eso suena genial cariño. ¿Vas a participar?

-No lo sé. Me encantaría, pero me da un pánico terrible. ¿Y si lo hago mal y se ríen de mí?

-Si piensas así, no te saldrá bien.

-Entonces, ¿que debería hacer?

-Cariño – dijo mi mujer mientras me abrazaba por la cintura, dándome un beso en los labios -. Para conseguir nuestros sueños, tenemos que pasar por situaciones que no nos gustan nada. Podemos fracasar, sí, pero también podemos ganar y triunfar. En cambio, si no lo intentas, siempre habrás fracasado.

-Siempre sabes que decir. No sabes bien lo agradecido que estoy de haberme casado contigo.

-Porque tengo un marido que todo lo merece.

Cenamos tranquilamente y le expliqué a mi hija que iba a salir en la tele. Ella se puso contentísima de la emoción. Me llenaba el alma ver cómo mi hija me admiraba. En cuanto la lleve a la cama para que se durmiera, fui a enviarle un mensaje a Amanda, aceptándole el desafío.

Tras algunas semanas de ensayo intensivo, llegó el día del concurso. Estábamos en los bastidores Leticia y yo, ya vestidos con nuestras mejores galas. Estábamos repasando los últimos detalles de nuestro baile.

-Ya sabes Daniel. Empezamos a bailar, y cuando la canción cambie a un ritmo más rápido, me haces un setenta, luego una aspirina, seguimos con el resto de movimientos,  y acabamos la figura con un crossbody. ¿Alguna duda?

-No. Todo claro – suspiré.

-Respira hondo. Verás como todo va a salir bien.

Al cabo de un rato, vino un chico a avisarnos de que nos tocaba salir en dos actuaciones. Acabé de arreglarme el traje que llevaba, y Leticia se repasó los labios. Nos miramos en el espejo. Estábamos increíbles. Antes de salir, nos hicimos una foto y se la pasamos a nuestras parejas. Ambos teníamos suerte de tener a alguien que nos apoyaba en esto.

Esperamos detrás del escenario. Inspiré y espiré lenta y profundamente con el fin de relajarme. Tenía mucha ilusión de salir a actuar, pero también estaba nervioso perdido. Después de todo, solo sería un pequeño mal trago. ¿No?

En cuanto acabó la pareja que entró antes que nosotros, quienes bailaron un fabuloso tango, entramos cuando ellos abandonaron el escenario. El público nos recibió con un  fuerte aplauso una vez el presentador dijo en voz alta nuestros nombres.

La sensación parecía fabulosa al principio. Estábamos en el centro del escenario, los focos iluminando nuestras caras. Ahora éramos el centro de atención de todo el mundo. ¿Dónde estaba la gente? Las piernas me empezaron a temblar cuando me di cuenta de que solo podía ver al jurado, que estaba compuesto por dos hombres y una mujer famosos. La intensa iluminación no me permitía ver las caras del público. Por una parte me aliviaba, pues así no me distraería. Por otra, me preocupaba no saber cómo estaba reaccionando.

-Así que vosotros sois Leticia y Daniel. ¿De dónde sois? – preguntó la chica con voz simpática. Los otros dos miembros del jurado no parecían muy interesados. Uno nos miraba fijamente con cara de malas pulgas, y el otro, estaba jugando al móvil sin prestar atención.

-Somos de Barcelona capital – contestó Leticia por mí.

-¿Qué nos vais a bailar?

-Una salsa.

-De acuerdo. Adelante y mucha suerte.

Leticia me miró con una sonrisa, intentando aliviar mis nervios. Seguro que ha notado que mi mano no paraba de sudar.

Empezó a sonar la música y empezamos a bailar. Los primeros segundos fueron sobre ruedas. Nos acordábamos de los pasos, las figuras, y fuimos marcando el ritmo a la perfección. En un segundo observé al jurado. Seguían exactamente igual que cuando empezamos. La única que nos observaba era la mujer, que parecía entretenida con nuestra actuación.

Al cabo de un minuto más o menos, el ritmo de la canción cambió, provocando que nos tuviéramos que mover más rápido. Era el momento de los giros y las figuras más complicadas, pero también las más espectaculares.

Estaba disfrutando del momento. Tantas ansias y tanto miedo, y luego no era todo tan malo. A través de las manos, sentía una conexión con mi compañera muy especial. Yo la conducía y ella me seguía. Éramos dos en uno.

De repente, al hacerle un giro a Leticia, no me aparté lo suficiente para que pudiera caminar en línea recta y se tropezó, provocando que se le rompiera el tacón y casi se cayese al suelo. ¡Mierda! ¡Ahora que todo iba bien! Pude escuchar la reacción del público, a la expectativa de cómo seguiríamos. No ver la expresión de sus caras me aterrorizaba aún más.

En ese momento, pudimos también captar la atención de los otros dos miembros del jurado. El que jugaba con el móvil levantó su cabeza, y el que tenía cara de malas pulgas mostró una maléfica sonrisa. La mujer se llevó las manos a la boca y abrió los ojos como platos.

Leticia y yo nos miramos. ¿Qué teníamos que hacer? ¿Abandonar? Íbamos a hacer el ridículo más grande de nuestras vidas. Sin embargo, mi compañera no perdió su sonrisa. Me guiñó el ojo, me tiró ligeramente del brazo para indicarme hacia donde tenía que llevarla, como habíamos planeado en otros ensayos en caso de que me quedase en blanco. ¿Qué estaba tramando?

A continuación, giré a mi compañera hacia el otro lado. En el transcurso del giro, me soltó, levantó las piernas con gracia, como si fuera a dar una patada al aire, y lanzó sus zapatos de baile por los aires, quedándose totalmente descalza. Aprovechó para girar sobre sí misma mientras se peinaba con ambas manos sensualmente, estirando el brazo hacia arriba en una elegante pose. ¡No me lo podía creer!

Al ver que mi compañera no perdía el ritmo, le ofrecí mi mano para seguir bailando juntos, aunque ella lo hiciera de puntillas.

Tras un minuto y medio, la canción acabó, y los dos acabamos en nuestra pose, arqueando el cuerpo hacia delante para dar por finalizado el baile.

Solo había silencio. No sabría decir si fue porque lo hicimos bien o porque lo hicimos mal.

-Es hora de que decidamos si pasáis a la final – dijo la mujer. – Cada uno de nosotros os explicará nuestras sensaciones, y votará para que paséis o no. Al final, el público votará desde su asiento, y si la mayoría está satisfecho, ese voto contará como uno de los nuestros. ¿Entendido?

-Entendido – contestamos a la par.

-Empiezo yo – dijo el que estaba jugando al móvil. – A mi vuestro baile, sinceramente, no me ha interesado. Encuentro que vuestro baile es insípido y con falta de emoción. Tenéis un no – tras sus dolorosas palabras, volvió a su único interés.

-Pues a mí – continuó la mujer – me ha encantado. He visto una conexión entre vosotros que no había visto jamás. ¿Cuánto tiempo lleváis juntos como pareja?

-Llevamos seis años ensayando juntos – contesté.

-¿Y cómo novios?

-No somos novios. Somos amigos desde la infancia. De hecho, cada uno tiene su pareja a parte.

-¡Guau! ¡Impresionante! La verdad es que pensaba que lo eráis. Parecíais muy unidos. Además, habéis seguido bailando pese a que se le ha roto el tacón. A mí me habéis llegado al corazón. Tenéis un sí.

-Gracias – asentimos los dos.

-Pues, que queréis que os diga – dijo el tercer miembro -. Vuestro baile me ha parecido poco profesional. Por suerte, me he podido reír cuando se le ha roto el zapato. Me gustaría veros otra vez por aquí, a ver si hay suerte y uno de los dos se cae al suelo y me parto la caja.

Leticia y yo nos quedamos en shock. ¿Cómo le permitían decirnos esas palabras tan ofensivas? Seguro que era marketing puro de televisión, o algo así, para darle más morbo al programa. Sin embargo, nos estaba dejando en ridículo. Mi compañera me apretó la mano muy fuerte para calmarme.

-Bien -continuó la mujer-. Tenéis dos votos a favor y uno en contra. Sin embargo, el público decidirá si pasáis o no. Si votan que sí, tendréis tres votos a favor y pasaréis a la final. Si vota que no, tendréis un empate, pero eso significará que deberéis volver a casa. ¿Entendido?

-Entendido.

-Bien. Ahora cuando se abran las votaciones, el público tendrá cinco segundos para votar. Os recomiendo que hagáis algo para que lo convenzáis de que sois merecedores de su voto.

Al cabo de unos segundos, se encendió un panel luminoso que contaba diez segundos antes de permitir que el público votase. Leticia me cogió aún más fuerte. Ella también se había puesto nerviosa, pero se mantenía firme, mostrando su sonrisa. No es que en la salsa se pudiera hacer tanto eso, pero a ella le otorgaba una belleza espectacular.

Quedaban tres segundos… Y solo podía hacer una cosa.

Me erguí como mi compañera, y sonreí como no había hecho en toda la noche por culpa de los nervios. Lo hice de la manera más natural posible.

Se abrieron las votaciones.

Un panel, que parecía como el del Congreso de los Diputados, mostraba la gente que votaba en verde o en rojo. Poco a poco se iban marcando en uno o en otro. Más o menos iban a la par, haciendo que fuera difícil  predecir el resultado final.

Sin embargo, pese al éxtasis del momento, Leticia y yo nos mantuvimos firmes, mirando al público, sin derrumbarnos.

Un segundo…

En el último momento, cuando todo iba a la par, el último votante decidió decantarse por el color verde, dándonos la victoria a mi compañera y a mí.

-¡Habéis pasado a la final! – exclamó la mujer, mientras Leticia me abrazaba con fuerza, dándome un beso en la mejilla -. La cosa ha ido bastante igualada hasta el final, pero al final un voto ha decidido el resultado. ¿Podría ir el presentador a preguntar a la persona que ha decidido quién iba a ganar?

En unos segundos, el presentador se puso al lado de un señor de unos cincuenta años.

– Buenas noches. Usted ha sido el último en votar y ha decidido que iban a ganar ellos dos. ¿Qué lo ha impulsado a su elección?

-Verá – dijo el hombre con una voz ronca.- Al principio tenía mis dudas, porque no entiendo mucho de baile. Sin embargo, cuando se le ha roto el tacón, los dos han seguido hasta el final, les han lanzado duras críticas, pero ellos se han mostrado firmes y sonrientes. ¡Realmente han disfrutado haciéndolo y sin abandonar! Creo que nos han dado una lección a todos. Tengo cincuenta años y siempre he abandonado a la mínima dificultad. Hoy, tras verlos, me he dado cuenta de las cosas que me he perdido en la vida por rendirme sin haberlo intentado antes varias veces.

Tras las palabras del señor, todo el mundo nos lanzó un fuerte aplauso. Gracias a mi compañera, yo también aprendí que, pese a los nervios, los miedos, y las sorpresas desagradables, no debían ser excusa suficiente para tirar la toalla así por las buenas.

Siempre teníamos que seguir bailando, pese a tener el tacón roto.

Al acabar, nos vinieron a recoger nuestras parejas y nos fuimos a cenar juntos, con mi hija y el hijo de Leticia. Pasamos el resto de la noche entre risas.

 

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