Cuando lo que nos gusta se convierte en obligación

En esta entrada explicaré una pequeña historia basada en lo que me pasó hace pocos días. Os contaré la lección que me he propuesto aprender.

El jueves me desperté con el peso del mundo en mis hombros. No tenía ganas de nada. Sólo de permanecer en la cama durante todo el día. Hasta ir al lavabo me daba pereza.

Además de la tristeza de los acontecimientos ocurridos durante la semana anterior, sentía que debía seguir luchando como siempre digo que hay que hacer. Eso prometí hacer el día que salí de la misa de mi abuelo y lo iba a cumplir.

Sentía que debía entrenar, que un luchador debería levantarse de la cama, desayunar, ponerme las mallas, una camiseta, y salir a correr por la montaña. No me apetecía para nada, pero me obligué a hacerlo, pues tengo en mente correr una media maratón de aquí a varias semanas, pese a que no tenía decidida todavía una fecha. La cuestión era salir a correr sí o sí.

Salí a la calle. Hacía fresco. Me dieron ganas de volver a casa y tirarme al sofá. Sin embargo, en vez de volver a mi zona de confort, empecé a correr a un ritmo tranquilo para calentar mientras me dirigía a la montaña.

Al principio todo iba bien mientras iba en plano. Seguía con ganas de volver, pero era soportable. Las cosas empezaron a ponerse en mi contra en cuanto subí la primera cuesta.

Empecé a marearme. Al principio lo atribuí a todo el estrés y la tensión que llevaba acumulada en mi cuerpo, así que caminé un poco hasta que me recuperé y reanudé la marcha.

Al rato, me volví a marear un poco y volví a hacer lo mismo. “¿Qué me está pasando”, pensé. Para mí no era normal, pues he llegado a hacer medias de montaña y no he pasado por estos ratos tan malos. Quizás si corría un rato más se me irían las malas sensaciones.

Cuando llegaba media hora, me encontré con una cuesta aún más difícil. No di ni dos pasos que volví a marearme, a perder el sentido. Quise rendirme y volver atrás, pero como soy así de testarudo, subí la cuesta andando, pues siempre creo que en la vida nunca hay que rendirse y hay que llegar a la meta costase lo que costase.

A los diez minutos alcancé mi objetivo ese día, disfruté de una hermosa vista y volví a casa.

En la vuelta, lo que fue bajada se convirtió en subida. Para mí sorpresa, una pequeña cuesta también provocaba que me marease. Me empecé a asustar seriamente. ¿Y si había desayunado mal? ¿Me estaba enfermando? O peor aún, ¿tenía algo en mi corazón? Por suerte cuatro meses atrás hice una prueba de esfuerzo y me dijeron que estaba bien. También había desayunado lo mismo que todos los días. ¿Qué me pasaba?

Al final concluí que lo que me pasaba era mental. ¿El qué? No lo sabía.

En un momento dado, en medio de todo ese mar de pensamientos negativos y comidas de cabeza, empecé otra vez a correr tranquilamente. A mi ritmo. Decidí no meterme presión ninguna, no vaya a ser que me dé algo allí en medio.

Al cabo de un rato, mi mente empezó a pensar, pero en otras cosas. Me vinieron nuevas ideas a la cabeza sobre mi futuro libro, proyectos, ilusiones. Dejé que los pensamientos fluyesen en lo positivo y me perdí nuevamente en un mar de pensamientos, pero ahora de otro tipo.

Para mi sorpresa, en cuanto volví a la realidad, me di cuenta de que estaba subiendo una cuesta, pero sin marearme o pasarlo mal. No entendía nada. No obstante, seguí corriendo los veinte minutos siguientes hasta casa, subiendo y bajando, entrando en la ciudad, dejando atrás la montaña y subiendo las escaleras que hay para acabar el entrenamiento con buen sabor de boca.

Todo había ido bien. ¿Qué había cambiado?

Estiré en un tiempo inferior al recomendado por los profesionales de salud y subí a mi casa a pegarme una buena ducha. A continuación, me comí un bocadillo de atún. Un pequeño placer de la vida.

Mientras saboreaba el atún con tomate, metido en medio de pan de cereales, me di cuenta de lo que había ocurrido. Dejé de marearme en cuanto dejé de forzarme a correr y a disfrutar de ello.

Me di cuenta de que el motivo por el que me agobiaba era porque salí a correr por obligación. No tuve en cuenta que ese deporte lo hacía por diversión, no porque tenía que hacerlo. En cuanto dejé de presionarme por ir a más, y a disfrutar del paisaje, del aire, y todo lo que conlleva el running, fue cuando empecé a funcionar otra vez como persona.

Desde ese día, decidí que iba a aprender a hacer las cosas por pasión, más que por obligación, porque solo de esta manera, podemos dar lo mejor de nosotros mismos.

¿Cuántas veces nos ha pasado que hemos ido al trabajo un lunes por la mañana con caras largas, y luego nos han encomendando una tarea que nos motivaba? En esos momentos olvidábamos el sueldo y luchábamos hasta zanjar el tema, sintiéndonos satisfechos.

¿O no te has bloqueado haciendo alguna vez tu hobby cuando este se ha convertido en una obligación? Seguro que si eres escritor, has perdido la inspiración cuando debías acabar ese capítulo, o cuando no sabías qué dibujar porque debías acabar un cuadro porque sí.

A veces, nos olvidamos completamente la razón por la que luchamos. Entonces, ahí comenzamos a fallar, a ser infelices. Cuando esto nos ocurra, hay que pensar qué es lo que nos impulsó a comenzar esa batalla, o actividad, según el punto de vista…

Me he propuesto, que cada vez que empiece a sentirme agobiado, que cada vez que pierda la inspiración, pararme, respirar hondo, y pensar por qué estoy haciendo lo que hago.

Dejé de marearme en cuanto recordé que salía a correr, no para adelgazar o por moda, sino porque me sentía libre cuando lo hacía.

 

 

 

 

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5 pensamientos en “Cuando lo que nos gusta se convierte en obligación

  1. ¡Hola!

    ¿La verdad? Te entiendo. He experimentado realizar una actividad que me gustaba y de pronto sentir que no era así como debía ser. También escribo y, en el momento en el que se convierte en una obligación, las palabras dejan de fluir solas. La historia que debería formar parte de ti como una extremidad más se convierte en un obstáculo y solamente cuando te das un tiempo, las ideas regresan solas. Y vuelves a fluir. Y la historia contigo. Como esto, también a la hora de ejercitarme físicamente. Y a lo que queramos aplicar, de hecho.

    La mente necesita del cuerpo, pero el cuerpo también de la mente. Solo cuando nuestra cabeza está en paz con su alrededor, podemos disfrutar realmente de las cosas que nos gustan. Que “lo que disfrutamos haciendo” no se convierta nunca en “lo que debemos hacer”.

    Me ha parecido muy interesante tu reflexión.
    Un saludo.

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  2. Totalmente de acuerdo. Cuando realizamos las tareas o proyectos con pasión, lo hacemos con unas ganas y una motivación que de convertirse en una obligación se pierde y el resultado no es el esperado.

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  3. Te entiendo perfectamente.. a veces creo que perdemos la perspectiva de las cosas y conviene analizar por qué, de repente, aquello que te hacía feliz, se convierte en una carga. Vivimos en un mundo complicado y las metas que queremos alcanzar no son fáciles. Quizá, si recordamos que el éxito personal no es igual a reconocimiento popular, dejaremos de preocuparnos por la meta y disfrutaremos el camino. Un besazo Jorge.

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